viernes, 29 de junio de 2012

Entremés teatral (II)

(Con el dolor a sus pies y el llanto contenido, acercóse el hombre al ventanuco y observó, callado, lo que ocurría fuera; que de un momento a otro, les afectaría a todos)

 - ¡Madre de Dios!, como se cambian las tornas... aveces desearía que todo fuera más sencillo, que nadie viera o sufriera esto que incendia las almenaras de mi corazón.

(Se acerca un vigía)

- Yo llevo años dando aviso y nadie me hacía caso. Ahora moriremos todos, por culpa de ciertos oídos sordos y calumniosos.

- Pues que así sea, (dijo el hombre con firmeza). No atravesará nadie estos muros, nadie; ni nadie beberá de nuestros pozos, ni nadie arrancará las flores rubias de nuestros lechos, ni nadie caminará sobre nuestros restos... te digo, amigo, que aquí les haremos frente. Les pararemos los pies como hicieron nuestros predecesores una y otra vez. Su sangre corre por nuestras venas y nos influye el desprecio a la muerte y al dolor que nos dará la victoria, si, amigo, porque la derrota no existe, no prevalece, no despierta... ¡MUERE!, ¡MUERE, COMO SU ESPERANZA EN NUESTRAS MANOS, APLASTADA CUAL INSECTO!

- ¡Así se alce victorioso tu puño!

(Comienza una lluvia de flechas que se va a centuando, ambos se ponen el yelmo y el telón baja. Cuando haya bajado del todo, se escucharán ruidosos metales chocando, gritos y juramentos durante varios segundos, finalizando en un "¡Cae, bastardo!")

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